• Mireya Calderón

EL CORAZÓN DE RENCA



Soy hija de una modesta mujer de la cual heredé una tremenda fortaleza interior y un carácter a prueba de balas. Mi padre, Sergio Calderón, fue un obrero de la construcción, Maestro de Primera y poeta. Tengo una sola hermana, tan amante de los libros como mi padre y yo. Mi madre con su sencillez y exquisito sentido del humor nos decía que mientras nosotros soñábamos con los libros, ella nos cocinaría una exquisita sopa de letras, ya que el dinero escaseaba y así no desfalleceríamos ante tantas deudas y falta de trabajo.


Por Mireya Calderón

 

Crecí en un hogar en donde todo escaseaba menos el amor y los libros. No supe de árbol de navidad ni de regalos, no había cómo, pero sí supe de cuentos narrados en voz alta por mi padre, con cada una de sus hijas sentadas sobre sus rodillas. Una casita de madera sin forrar, producto de la toma de la población. La población 1° de mayo, que albergó mis días de infancia y adolescencia, así era mi casa. Una casa hermosa, muy pobre, pero hermosa. Allí se forjó mi carácter y amor por los libros y la poesía. Hija del rigor y del esfuerzo, luchadora incansable. Apuesto por los míos porque soy una de ellos.

Llegué a la educación sin saber si daría la talla. Enamorada de los sonetos de Byron y estimulada por la necesidad de aportar en la transformación del esquema social tan injusto que conocía de niña. Después de cincos años teóricos, mis profesores vieron en mí a la educadora que graduaron.

El primer día de clases fue de sumo nerviosismo, muchos jóvenes, alocados, inquietos, rebeldes. Fue amor a primera vista. En ese entonces, ser profesora era despegar en un gran salto y caí bien parada, ya que aún me sostengo en pie y luchando.

Llevo 34 años enseñando. He educado, sin exagerar, a medio Renca y con tremendo orgullo. Siempre he trabajado en esta comuna, porque siento un compromiso con las personas de acá. Mi trabajo obedece a un compromiso social con mi entorno, mi trabajo es una firme convicción de cambio y trabajar día a día en esta comuna es apostar por ese cambio. Puede que no alcance a contemplar esos días de renovada alegría y preciosa dignidad, pero mi empeño diario es aportar, aunque sea con un par de desahogos poéticos, a la realización del sueño de nuestra comunidad.

Supe que servía para este trabajo de profesora cuando descubrí que no había nada que me hiciera más feliz que estar en el aula, ayudando a otros a descubrir también sus infinitas capacidades. Por eso sigo y porfío; insisto y renuevo mis energías cada día, porque está en juego nada más y nada menos que la valía de las personas. En cada uno de mis alumnos se teje una historia de postergaciones y “cantos truncados”. Conozco los miedos que habitan en cada uno de ellos, conozco la desesperanza y sé también como trastocarla.

Hubo alguien que apostó por mí y eso fue suficiente, yo siento la necesidad de devolver ese gesto creyendo en mis estudiantes y en sus proyectos. Mis padres formaron en mí el sentido de la dignidad y lucha incansable, es lo que debo dejar de herencia, quisiera ser capaz de tocar la vida de cada uno de mis alumnos tal como ellos tocan la mía.

Si la profesión docente contara con la dignidad que por años de batallas y batallas nadie ha devuelto ¿Qué no se haría? y a pesar de todo lo que le sigue faltando al profesor para ser valorado, aquí sigo, en pie y con la fe intacta en que la única llave que abre todas las puertas es precisamente la educación, la pegajodía.




 

DECRETO SUPREMO

Mireya Calderón Peña

En un día ni claro ni oscuro
de horas ni eternas ni fugaces,
en la mitad de la tarde y la noche,
por en medio de los troncos secos
de tu vieja y acostumbrada tristeza,
me aparezco y te desordeno el pelo,
capturando un beso de tu boca.

Tú te me apareces como en ventoleras
de caricias y susurros
tan increíblemente parecido
a esa pálida luna.

Sólo me queda advertirte,
bajo decreto supremo,
de suprema urgencia,
que te declaro desde ahora
sol, luz, calor, pero por sobre todo
incondicional y presurosa compañía.

 

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