• Rodrigo Olavarría

DOMINGO EN LA RUE HAXO



Llegué a la Rue Haxo arrastrando una maleta en dirección al departamento de Pía, una amiga que terminaría alojándome casi un mes en París. Era mi cuarta vez en la ciudad que el poeta Mário de Sá-Carneiro declaró la dueña del bello secreto ausente en su destino y la primera que llegaba en tren, desde Lieja, a la Gare du Nord. Desde ahí hice mi camino a la estación Télégraphe, ubicada en el punto más alto de la ciudad, de la mano del ya irremplazable Google Maps para depositar mi maleta y mi creciente acumulación de libros en una habitación donde me esperaba un sofá cama que llegué a querer.


Por Rodrigo Olavarría

 

Cuando viajo vivo según el sencillo dogma de ser, en lo posible, un viajero y no un turista. Por supuesto esto no es posible en una primera visita a París, por ejemplo, donde paradas obligatorias como el Louvre, Les Deux Magots, Père Lachaise o la casa de Serge Gainsbourg convierten a cualquiera en la caricatura del turista asiático cargado de cámaras. Pero ya en una cuarta visita ese tipo de presión se disipa y es fácil sumarse al tráfago de la ciudad siguiéndole el ritmo a los amigos o a los amigos de los amigos. Esto solo significa que ya cumplí con los lugares comunes parisinos, que he inventado unos nuevos y que me permito revisitar algunos clásicos. En esta parada, por ejemplo, fui a Père Lachaise a dejar flores en la tumba de Gertrude Stein después de capear la lluvia matutina en un restorán vietnamita donde comí un pho que sólo puedo llamar perfecto. Una sopa de fideos donde los aromas de hierbas frescas cortadas a mano, el picor de un ají diminuto y la profundidad del caldo cantaban.

Cementerio Pere Lachaise, fotos del autor, 27 septiembre, 2021.


La primera vez que estuve en Père Lachaise lo recorrí usando un mapa que resultó más útil para extraviarse que para hallar las tumbas que buscaba. Mi prioridad entonces era cumplir con el muchachito que fui y visitar las tumbas de Oscar Wilde y Jim Morrison, una misión fácil de cumplir, pues bastaba con aventurarse entre las lápidas y seguir los caudales de turistas que inevitablemente desembocan ante los despojos de las dos estrellas del cementerio. Hecho eso fui directo a las tumbas de Apollinaire, Proust y Gerard de Nerval y después me pasé la tarde topándome por casualidad con las tumbas de Edith Piaf, Isadora Duncan, Maria Callas, Balzac y otros. Lejos lo que más me impresionó en esa pasada fue el Mur des Fédérés, el muro donde el 28 de mayo 1871 los últimos ciento cincuenta combatientes de la Comuna de París resistieron el asedio del ejército de Versalles, siendo finalmente ejecutados y arrojados en una zanja al pie del muro. Ellos fueron los primeros fusilados en ese muro, los primeros de un número indeterminado que se estima entre siete mil y más de veinte mil comuneros muertos.

Mur des Fédérés (Muro de los comuneros), Cementerio Pere Lachaise.

Pretendía, en esta segunda visita, tomar algunas fotos con mi cámara automática, pero también ser ejecutivo y no pasar todo el día en el cementerio. Incluso esperaba tener tiempo para ver Dune en el cine Mk2 de Gambetta a las cuatro de la tarde. Entré al cementerio y por puro reflejo cogí un mapa para ver si los habían actualizados. Pero no, eran exactamente los mismos. Entonces abrí Google Maps, vi la ubicación exacta de una cantidad aceptable de tumbas y partí con un ramo de peonías rumbo a la tumba de Gertrude Stein. Hice un rodeo en torno a la masa de todas las edades y nacionalidades que iba derecho a la tumba de Jim Morrison y empecé a caminar siguiendo el muro sur. En ese trayecto sin querer encontré las tumbas de la amada Anna Karina, muerta hace apenas un año, y la de Yves Montand y Simone Signoret, enterrados juntos bajo las hojas de los castaños.

Estaba a unos pocos metros de la tumba de Stein cuando me vi otra vez frente al Mur des Fédérés, con más información sobre los hechos de la Comuna de París y el estrés postraumático de la violencia que siguió al 18 de octubre del 2019. Tomé un par de fotos y me senté con la idea de escribir algo pero me salía espuma, nada nuevo, versiones de la misma frustración ante el poder y su talón de hierro. Se me acumulaba la sangre vertida como a Carlos Droguett la noche que escribía el prólogo de Los asesinados del Seguro Obrero, me ahogaban nombres, fotos, frases, la quemazón del veneno con que Carabineros carga su carro lanza aguas y los agujeros que vi en los cuerpos de la gente cuando los enfermeros les quitaban perdigones. Luego, cuando me puse de pie, vi que había estado sentado junto a la tumba de Paul Lafargue y Laura Marx, la hija del barbón de marras.

Un domingo, una semana después, iba hacia Ménilmontant cuando encontré el cementerio de Belleville, un cementerio pequeño con muy pocos inquilinos famosos y un modesto obelisco escondido en el ramaje de dos almendros que me tomó apenas quince minutos recorrer. Cuando quise leer la escritura en el obelisco fue imposible, las letras estaban borroneadas por el musgo y el erosión. Lo que pude entender era que ahí reposaban los restos de cincuenta y dos fusilados durante la semana sangrienta en que la Comuna de París fue derrotada por el ejército de Versalles, entre el 21 y el 28 de mayo de 1871. Me cruzaron nuevas oleadas de bronca, saqué mi cámara y me dediqué a registrar con amor el monumento a los compañeros asesinados. Pero me equivocaba. Las pequeñas siglas junto a los nombres de los muertos me dieron la alerta, me senté en una tumba cualquiera a guglear y descubrí que estaba frente al monumento a los rehenes de la rue Haxo, un grupo de sacerdotes, gendarmes e informantes ejecutados el 26 de mayo en represalia a la carnicería desatada por el ejército de Versalles mientras avanzaba la toma de París.

De un plumazo los que consideré compañeros se me revelaron como enemigos de libertad, toda la solemnidad del monumento ahora me parecía huera y los que fueran muertos entrañables nada más que guardianes de la burguesía parisina. Me alegró el abandono del monumento y lamenté haber desperdiciado diez exposiciones de un rollo Ilford Delta en un monumento a lo que me ahora me parecía justicia popular. Aún así no terminaba de sentarme bien la matanza de los rehenes. Y no es que condene la violencia venga de donde venga, lejos de eso. Pero sí descubrí en mí un sentimiento de desazón al ver a los comuneros como una turba violenta, una especie de hipocresía. Un sentimiento anclado en una visión de los muertos en las filas del pueblo como inocentes sacrificados en nombre del futuro. Como palomas degolladas, en palabras de Violeta Parra. Una candidez basada en la idea de que un cambio real solo es posible derramando la sangre de quienes piden justicia y respeto, nunca de quienes defienden el estado de las cosas. Y entonces pensé en mi pequeño país frío, en nuestra costumbre de pagar con galones de sangre cada paso adelante y en una línea de Carlos Droguett: “Con tanto muerto propio algún día encontraremos nuestra vida”.

De izquierda a derecha: Lugar del fusilamiento de los rehenes. Villa des Otages, Rue Haxo; 24 de junio de 1871, último combate de la comuna en el cementerio Pere Lachaise; Comuneros muertos, mayo 1871.

Pero estábamos hablando de la Comuna de París.

El 5 de abril de 1871 la Comuna había emitido un decreto que ordenaba apresar a todo cómplice de Versalles y que, en su artículo 5, estipulaba: “Toda ejecución de un prisionero de guerra o partisano del gobierno regular de la Comuna de París, tendrá como consecuencia la ejecución del triple de rehenes”. Este artículo solo fue invocado el cuarto día de la semana sangrienta, mientras las tropas de Versalles ejecutaban a centenares de hombres y mujeres de todas las edades en las calles de París. Repasaba esos números en mi cabeza, ciento diez rehenes muertos contra siete mil o más de veinte mil comuneros muertos, mientras bajaba por la rue du Télégraphe para juntarme con Pía y preguntarle cómo había estado su domingo.

 

Mário de Sá-Carneiro

Dispersión (Fragmento)


[…]

(El domingo en París
me recuerda al desaparecido
a quien antes conmovían
los Domingos de París:

porque un domingo es familia,
es bienestar, simplicidad,
y los que miran la belleza
no tienen familia o bienestar).

[…]

(O Domingo de París
Lembra-me o desaparecido
Que sentía comovido
Os Domingos de París:
Porque um domingo é familia,
É bem-estar, é singeleza,
E os que olham a beleza
Nao tém bem-estar nem familia).
 

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